lunes, 21 de diciembre de 2009
La anomia argentina
Sobre la anomia argentina escribió páginas ya clásicas Carlos Nino, cuyo concepto de "anomia boba" designa un tipo de inobservancia de la ley que no favorece a nadie y genera altos niveles de ineficiencia. La anomia que me interesa destacar, no obstante, es la que se produce por una falla estructural de la clase dirigente. Se manifiesta como un fracaso en el ejercicio de la autoridad y afecta las percepciones y los comportamientos. Se trata de una patología que se contagia del poder y se transmite a los grupos sociales. Su víctima es la gente común. Los victimarios, aquellos que ocupan posiciones de poder. La anomia boba perjudica a todos, la anomia a la que me refiero somete a la sociedad en beneficio de sus elites.
Mi descripción de la anomia argentina consta de diez rasgos o factores. El primero, y acaso el más grave, lo definió Tulio Halperín Donghi, uno de nuestros mejores historiadores, cuando concluyó: "Si hay un rasgo que caracteriza la vida política argentina es la recíproca denegación de legitimidad de las fuerzas que en ella se enfrentan, agravada porque éstas no coinciden ni aún en los criterios aplicables para reconocer esa legitimidad".
Denegar legitimidad significa descalificar por completo al que piensa distinto. Y suponer que si prevaleciera, sólo atendería a sus intereses y dañaría al conjunto. No caben aquí la contraposición de ideas ni el intento de establecer acuerdos mínimos. La razón es un trágico leitmotiv de la cultura política argentina: cada uno percibe al que piensa distinto como un enemigo, no como un adversario.
El segundo factor, que es consecuencia del anterior, lo llamaré demarcación de territorios.
Las elites argentinas, como los animales domésticos, fijan obsesivamente los límites de sus espacios de acción y pretenden reinar allí sin intromisiones ni límites. Amos de sus cotos, los líderes sectoriales construyen una leyenda edificante destinada a encubrir sus intereses. Lo que, hasta cierto punto, podría considerarse un efecto normal de la división del trabajo adquiere en la Argentina un carácter sofocante: la demarcación de territorios anula cualquier espacio compartido. Nuestras elites pretenden apropiarse de toda la renta, simbólica o material, sin contribuir al patrimonio común.
El tercer rasgo es el desacople entre poder y autoridad. Como nadie le reconoce legitimidad al otro, en la Argentina cada sector se dedica a ejercer el poder. El poder sin legitimidad se reduce a la pura fuerza. Hay que ser prepotente, avanzar, apretar, atropellar, ocupar espacios, depredar. La barra brava, el piquete y la patota simbolizan esas conductas, pero no hay que engañarse: existen en las canchas de fútbol y en las calles como en los salones y despachos más influyentes. Con cuidados argumentos o con palos, los argentinos buscan imponerse unos a otros por la fuerza. Pocas veces prevalecen la moderación y la autoridad.
El cuarto factor es la falta de consenso respecto del perfil institucional del país. La clase dirigente argentina no se pone de acuerdo acerca de qué tipo de instituciones habrán de regir la sociedad. Aquí se manifiesta la ausencia de criterios de la que hablaba Halperín. Desde hace 25 años acatamos formalmente la democracia, pero no deja de corroernos la disputa acerca de cuáles deberán ser sus características y acentos. Esa divergencia, que involucra aspectos económicos y políticos, puede rastrearse ya en los siglos XIX y XX, cuando unos plantearon la contradicción entre civilización y barbarie, y otros, entre pueblo y oligarquía.
El quinto rasgo es la utilización del Estado para fines partidarios. Este fenómeno, que es una tentación irresistible en cualquier sistema político, alcanzó en la Argentina niveles intolerables. Implica, como tantas veces se ha repetido, una confusión entre Estado, gobierno y partido. Llegar al gobierno supone apropiarse del Estado y usarlo como instrumento arbitrario de acumulación de poder. Esta malversación de la función estatal, convertida en costumbre y
fuera de todo control, tiene efectos devastadores para la cultura pública. Tratemos de convencer a un votante común de que los políticos que debe elegir cumplirán su papel atendiendo al interés general y no al de su propio sector. Nadie nos va a creer. El sexto rasgo deriva del anterior. Es la deserción del Estado de sus funciones básicas. Hace 20 años que nuestra clase dirigente discute si el Estado debe intervenir activamente en la economía o debe imitarse a garantizar servicios esenciales, como salud, educación, seguridad, justicia y defensa. Pues bien: tuvimos una década para cada posición; al cabo, el Estado sigue demostrando ser un pésimo administrador de empresas y un ente fracasado para asegurar los bienes públicos. La gente sufre cada día la ausencia del Estado. Se siente desprotegida. Intentemos convencerla de que no se repliegue, de que no se enfurezca, de que no se deprima, de que no se asuste o de que no recurra a medios ilegales para alcanzar sus objetivos. Será inútil: dirán, como se dice en la calle, "no nos queda otra".
La séptima característica es la fragmentación y pérdida de identidad de las fuerzas políticas. La decadencia de los partidos, el uso arbitrario del poder estatal, las máscaras del peronismo, los problemas del radicalismo para gobernar, la inexistencia de una derecha y una izquierda presentables, entre otros infortunios, produjeron a la vez la atomización y la disolución de las identidades políticas.
Como escribió Carlos Pagni en una columna en La Nación, la política argentina se organiza hoy en torno a ejes temáticos de coyuntura, no según la pertenencia a organizaciones con programas y proyectos. Esto es fuente de una enorme confusión. Y un campo propicio para manipular las voluntades. La gente no entiende este desbarajuste ni quiere hacer el esfuerzo para comprender, porque ya no le importa. El octavo factor es el autismo. Las elites argentinas, enfrascadas en sus luchas facciosas, perdieron la noción de que viven en una región del mundo que, aún con sus graves problemas, considera una pérdida de tiempo (si no una imbecilidad) vivir dilapidando oportunidades, debatiendo temas del pasado, practicando la desunión y dando la espalda a la realidad internacional. El resultado es deplorable: nuestros vecinos progresan y maduran, respetan y apoyan a sus presidentes, preservan consensos básicos, ganan prestigio. Nosotros ya no somos un socio confiable para ellos. Participamos del protocolo, pero cada vez menos de la confianza y los negocios. La anomia política es una extravagancia que el mundo no está en condiciones de tolerar.
La novena característica es la desigualdad. Es cierto que se trata de un problema mundial de difícil solución, pero la Argentina es el país de la región que se volvió más desigual en menos tiempo. Conserva aún altos índices relativos de desarrollo humano, aunque pierde terreno con rapidez. Y muestra un aumento notable de la mortalidad infantil y de otros indicadores similares. Cuando las elites se desentienden de la desigualdad o se acuerdan de ella en ocasiones, se generan resentimiento, frustración y violencia. Las clases sociales se separan por muros invisibles pero infranqueables. Cada grupo con sus códigos, sus recelos y sus estrategias. De un lado, los que pueden darse una vida entre digna y ostentosa; del otro, los que no poseen nada y no tienen perspectivas de mejorar. Es una caldera de odio.
Las invocaciones al rol del Estado y de la iniciativa privada, la retórica populista, las pulcras recetas liberales se proclaman en las plazas y en los simposios, pero, como se dice en el lenguaje común, "no pasa nada". Los argentinos siguen muriéndose cada día de pobreza o de violencia.
El último rasgo es un signo de los gobiernos irresponsables. Lo denomino la excitación de las apetencias individuales. ¿Qué quiere decir?
Significa, dicho rápido y con sencillez, que, cuando la economía marcha bien, se reparte o se promete repartir sin prever los malos tiempos. Se induce a creer que no hay límites. Que siempre se vivirá en la abundancia. Cuando ésta cesa, cada sector se cree con el derecho de seguir reclamando la cuota prometida. La irresponsabilidad consiste en ocultar que las necesidades se atienden según los recursos disponibles y que éstos son por naturaleza fluctuantes. Los buenos gobiernos dependieron siempre de las ecuaciones, no de la demagogia.
La sociedad argentina vive momentos de crispación. La gente está harta de sus dirigentes. Hay esfuerzos sensatos para cambiar el rumbo, pero no alcanzan. Se impone la intolerancia. Parece que camináramos, para usar la expresión del poeta César Vallejo, por el "borde célebre de la violencia". Es una sensación desagradable, amenazadora. Emile Durkheim, el sociólogo que describió la anomia, pensaba que la desorganización social abre la puerta a todas las aventuras. Yo agregaría: cuando las democracias se desorganizan, suelen engendrar aventuras totalitarias.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
El rey tuerto
EL REY TUERTO
El rey, solía gobernar en este tablero salomónicamente, pero ha perdido todo signo de coherencia que había en él. Es el único que no se ha dado cuenta de la situación actual de lo que solía ser su reino, donde piezas blancas y negras convivían en paz.
Ahora, se han corrompido y dividido por los intereses de las torres y alfiles, aunque también los enroques del mismo dueño del tablero, lo han apartado de la realidad. Está loco, las decisiones que toma van en contra de sus fichas, algunas, como el caballo negro se han cuenta y comienzan a prepararse para disputarle el poder al rey.
El enorme tablero actual se encuentra casi vacío, es cierto, aún sobreviven algunos peones blancos pero su rey se encuentra desprotegido y se lo ve más vulnerable que años anteriores, el corcel negro lo sabe, él tiene la información al día, conoce de la victoria de su ejército sobre los caballos y alfiles blancos además es sólo cuestión de tiempo que la reina caiga en manos del ejército negro de plástico.
Aunque del bando moreno, extrañen a sus antiguos reyes, mantienen una esperanza de ganar el juego, las pequeñas fichas, tímidas y débiles conocidas como peones, miran hacia el fondo del tablero, observan al rey blanco desmoronarse pero son cautelosos, saben que este no se rinde púes su dama aún persiste. Los peones ven, pero no actúan, tienen que esperan al caballo negro para que les de la orden de atacar o retroceder. Las fichitas no se arriesgan, prefieren confiar en la información de primera mano.
Por otro lado, el jefe blanco sigue vivo, y aprovecha el tiempo que pierden su rival. Rearma su ejército, un montón de peones armados hasta los dientes, pero desordenados por todos los casillero. Será difícil lograrlo, ya que eran los alfiles blancos los que ordenaban a este gran ejército. El monarca sabe que los alfiles han padecido en combate, pues estos eran los más expuestos en el terreno. El rey albo reflexiona, sabe que del otro lado se ríen de él y eso lo enfurece aún más. ¿Será que está vencido?, no, no estoy sometido piensa para sus adentros. Aún puedo hacer daño.
La siguiente jugada es excelente, el rey reorganiza sus fuerzas para combatir al caballo negro. Utiliza a su reina para convencer a las torres. Estas inmensas fichas poseen una ventaja. Conocen más que ninguna otra pieza de de batallas, si bien, en un principio cuando fueron creadas por el rey comenzaron su propia lucha negociando con el enemigo, batalla tras batalla lograron consolidarse en el tablero, se hicieron más altas y más colosales, hasta que conformaron un poder interminable. A pesar de que hoy en día dudan del poder del monarca, aún le son fieles, pues es su tradición defenderlo, para algo fueron creadas.
El paladín negro analiza nuevamente la situación, duda, espera, arremete, pero no logra sosegar la consolidación de la nueva fuerza blanca, la inalienable unión entre el monarca y las torres rearman el plano militar del tablero. La desesperación invade las líneas del ejército negro. Es hora de actuar.
Los peones negros son muy débiles, han sido sometidos por el rey blanco durante décadas, han sido victimas de saqueos y asesinatos. Por otra parte, estos están divididos profundamente, lo único que poseen en común es su orgullo que esta por el piso, será muy difícil para el caballo rearmar su ejército, aunque cuenta con el apoyo de sus alfiles, estos señores se parecen mucho a las torres blancas, conocen el terreno mejor que nadie, puesto a que nacieron aquí y tienen los medios necesarios para defenderse en armas contra cualquiera que quiera arrematarle su poder.
El siguiente paso lo da el ya consolidado ejército blanco. Aunque el rey cobardemente no se encuentra en las filas de los batallones. Aparecen las torres en su lugar, y delante de ellas los peones, las torres pudieron convencer a que se presenten a las armas, unieron a los peones tras falsas promesas de un futuro para sus miserables vidas. Comida y techo les fueron obsequiados para levantar su moral. No es menor tampoco, lo que la reina prometió, si derrotaban al caballero negro y a los alfiles, los peones podrán arrebatarle su fortuna.
Otra vez robos y muertes, el caballo sale mal herido y las perdidas son terribles, esta vez no sólo de cobardes peones morenos, los alfiles también padecieron.
Si un tercero analizara el plano político, social y militar del tablero no tardaría en observar y darse cuenta de que los casilleros, en realidad son un país, las torres blancas un sinónimo de corrupción y degradación, los peones negros unos cobardes, los peones blancos una milicia que no ha perdido una batalla. La reina un juguete de su soberano y es curioso, que en un país lleno de ciegos, un rey tuerto nos gobierne.
viernes, 11 de diciembre de 2009
No todo presidente que brilla es oro.
La crisis económica ha tenido efectos inesperados en América Latina, lejos de los augurios que vaticinaban regresiones y desgobiernos. El continente se ha mostrado capaz de afrontar la crisis actual y, más notable aún, la situación internacional actual ha provocado el aumento de la confianza de los ciudadanos latinos en la democracia.
Las medidas adoptadas años anteriores por casi todos los países del continente (flexibilidad en los tipos de cambio, manejo fiscal prudente, disminución de la deuda, etc.) han logrado contrarrestar el avance de la crisis.
A pesar de este acierto en la economía de los países latino americanos, Los presidentes son los grandes ganadores en esta crisis, ya que no sólo aumenta su valoración política, sino que logran mejorar la percepción de la democracia en sus países.
Un promedio del 60% de los latinoamericanos apoya a sus mandatarios, llegando al 80% en Chile, Brasil, El Salvador, Panamá y Bolivia. En cambio, los gobernantes de Argentina, Perú y Nicaragua suspenden el examen.
Estas altísimas tasas de reconocimiento lleva a considerar un riesgo de híper presidencialismo, donde la figura del presidente sobre pasa la de las instituciones como el Senado y los Partidos Políticos, que sufren terribles crisis dentro del continente.
La ola reeleccionista dentro de Latino América se puede tomar como un aviso hacia el híper presidencialismo, en febrero pasado, Hugo Chávez consiguió poder ser reelecto presidente cuantas veces sea posible, asimismo, Evo Morales reconfiguró la carta magna donde se aprueba la reelección.
La figura del presidente suele sobrepasar las instituciones vitales para la consolidación de los estados, El mandatario puede franquear por encima de la constitución de un país para evitar una crisis política, social o económica, que a la larga terminará perjudicando el proceso de democracia en los países.
No todo presidente que brilla es oro para la democracia. La historia Latinoamericana demuestra que las instituciones nunca han sido valoradas a lo largo de la misma. Es hora de que estas puedan ser independientes y confirmar para que se crearon, para la consolidación de